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Hallan bajo la Toscana un reservorio magmático del tamaño del de Yellowstone

Unos 6.000 kilómetros cúbicos de material fundido a entre 8 y 15 kilómetros de profundidad, detectados a partir del temblor de fondo de la Tierra. No hay peligro inmediato, pero el mapa geotérmico de Europa puede cambiar.

Ignacio Delgado

· 4 min de lectura

La cima suave del Monte Amiata sobre las colinas del Val d'Orcia a la luz del atardecer.
El Val d'Orcia, en el sur de la Toscana. En la superficie, un paisaje agrícola; a entre ocho y quince kilómetros bajo estas colinas se extiende uno de los mayores sistemas magmáticos de Europa. Foto: Wikimedia Commons

La Toscana suele describirse con postales: avenidas de cipreses, colinas ocres, pueblos medievales en lo alto. Bajo ese paisaje, según se ha comprobado, se extiende uno de los mayores sistemas magmáticos de Europa, y hasta hace poco nadie lo había visto.

Un equipo internacional de investigadores ha construido una imagen volumétrica de la corteza bajo el sur de la Toscana y ha encontrado unos 6.000 kilómetros cúbicos de fluidos volcánicos y roca parcialmente fundida a entre 8 y 15 kilómetros de profundidad. Para hacerse una idea: es comparable con las estimaciones del volumen del sistema magmático de Yellowstone.

El trabajo lo han realizado especialistas de la Universidad de Ginebra, del Instituto de Geociencias y Georrecursos italiano (CNR-IGG) y del Instituto Nacional de Geofísica y Vulcanología (INGV). El artículo revisado por pares se publicó el 9 de abril de 2026.

Cómo se escucha la tierra

El método se llama tomografía de ruido de fondo. La Tierra tiembla sin parar: las olas del océano golpean las costas, sopla el viento, funcionan las carreteras y las fábricas. Esas microoscilaciones, demasiado débiles para que las perciba una persona, atraviesan la corteza en todas direcciones.

Una red de decenas de sensores sísmicos registra ese ruido durante meses. Después se comparan entre sí los registros de las distintas estaciones y se reconstruye a qué velocidad viajaron las ondas entre cada par de puntos. Allí donde la roca está más caliente y es más blanda, las ondas se frenan. Reuniendo miles de pares así puede construirse un «mapa de velocidades» tridimensional y detectar en él las anomalías.

Sensor sísmico instalado en el suelo: aparato cilíndrico con un cable.
Una estación sísmica. El método no requiere explosiones ni fuentes vibratorias: basta con un registro prolongado del ruido natural de fondo. Foto: Wikimedia Commons

La principal virtud del enfoque es que es pasivo. No hacen falta sondeos ni fuentes artificiales de vibración: basta con colocar los aparatos y esperar. Por eso permite radiografiar zonas donde la prospección activa resulta imposible o demasiado cara.

Dos zonas en lugar de una

La anomalía no ha resultado ser la única. Además del cuerpo principal, los investigadores han delimitado una segunda zona más al sur, en la región del Monte Amiata, un volcán extinto cuya última erupción se produjo hace cientos de miles de años. Eso cambia la idea de cómo está organizado todo el sistema: no estamos ante una «bolsa» aislada, sino ante una estructura extensa.

Un sistema de esta escala puede no tener en la superficie ni un solo indicio: ni cono, ni cráter, ni campos de lava recientes.

¿Es peligroso?

Respuesta corta: no. El volumen detectado no es un lago de lava líquida, sino sobre todo roca caliente con una mezcla de material fundido y fluidos, repartida por el espesor de la corteza. No se ha registrado ningún indicio de ascenso de magma, de deformación de la superficie ni de aumento de la sismicidad.

También es relevante que el reservorio no ha «aparecido»: llevaba allí todo este tiempo. Lo único que ha cambiado es la capacidad de resolución de las observaciones; antes sencillamente no había instrumentos que permitieran verlo.

Torres de refrigeración de la central geotérmica de Larderello, en la Toscana, con vapor ascendiendo.
Larderello, la zona donde en 1904 se obtuvo por primera vez en el mundo electricidad a partir del calor geotérmico. Hoy es uno de los emplazamientos geotérmicos activos más antiguos del planeta. Foto: Wikimedia Commons

Calor y metales

El valor práctico del hallazgo está en un terreno muy distinto. El sur de la Toscana es el centro histórico de la energía geotérmica mundial: fue precisamente en Larderello donde hace más de un siglo se obtuvo por primera vez electricidad a partir del calor subterráneo, y las centrales siguen funcionando allí.

Un mapa más preciso de la fuente de calor permite planificar mejor dónde perforar. La diferencia entre un pozo geotérmico acertado y uno fallido se mide en decenas de millones de euros, y el fallo suele significar que el flujo térmico se estimó mal.

Hay una segunda historia. Los fluidos calientes, al ascender por las fracturas, transportan y vuelven a depositar metales: litio, boro, cesio, tierras raras. La Toscana es conocida desde hace mucho por sus manantiales de boro, y la demanda de litio en Europa crece más deprisa de lo que aparecen fuentes propias de materia prima. Saber dónde está el «motor» de esa circulación es una pista directa para la búsqueda.

El paisaje, entretanto, no cambiará: el Val d'Orcia seguirá siendo lo que era. Simplemente, ahora se sabe qué hay debajo.

Elaborado a partir de datos de la Universidad de Ginebra, el CNR-IGG, el INGV y publicaciones científicas abiertas.